Si existe algo noble para
destacar de la vida, son ciertos factores que pueden resultar de influencia
positiva en la interacción de las personas, estamos hablando de las “coincidencias”.
Cuán agradable es encontrar aspectos en los
que uno puede coincidir con una persona, tener acuerdos, transitar un camino
común e identificarse plenamente en áreas de distinta índole. Sin embargo, las
coincidencias no lo son todo en la vida, ya que hay otros elementos que muchas
veces descartamos por su connotación negativa, y éstos son las llamadas anomalías
o discrepancias.
Una discrepancia es una
controversia entre personas, es una cualidad o una situación que las distingue rotundamente.
Muchas veces creemos que las diferencias entre las personas son motivo para
alejarse mutuamente y tomar distancia pero quizá, y sólo digo quizá, éstas
diferencias pueden ser un factor de unión y fortaleza en una relación, sea del tipo
que sea, después de todo “un rompecabezas no se arma con piezas iguales” sino
con piezas que tienen distintas cualidades.
Puede ocurrir que lo que para
una de las partes es una virtud o fortaleza para la otra no lo es, sino más
bien una debilidad y es ahí cuando entra en juego la acción de complementar. Un
complemento es un aspecto que al añadirse a otro, se obtiene como resultado
algo que es íntegro y tiende a la plenitud. Si pensamos en nuestro referente
máximo Jesús, vemos como Él no se alejaba de las personas que por su condición
eran diferentes. Ya desde el origen, todos tenemos en nuestro ADN el querer
hacer lo malo, somos seres imperfectos y Jesús con su gracia, su favor
inmerecido hacia nosotros, se acercó para darnos lo que no teníamos.
Hablar de la gracia y la
complementariedad celestial me puede hacer caer en terrenos de lo obvio y evidenciar
otros aspectos que ya son conocidos ampliamente. Como siempre digo, a veces el
sentido común es el menos común de los sentidos, y es por ello que no siempre
lo que es básico y de fundamento en nuestra vida es lo que recordamos en primer
lugar, y hablo puntualmente de lo que Dios puso en cada uno de nosotros, esa
cualidad única e irrepetible en este Universo.
Compararnos con otros nunca
resulta positivo, si lo hacemos mirando “hacia arriba” veremos una persona que
ha alcanzado objetivos que nosotros quizá no, y eso podría traer a nuestro
corazón frustración o envidia. Por otro lado, si al compararnos miramos “hacia
abajo”, el orgullo nos gana y comentemos el error de jactarnos de nuestros
logros. En ninguna circunstancia salimos en victoria al compararnos, no tiene
sentido. Cada uno de los seres humanos fue creado diferente y especial.
Pretender tomar distancia,
alejarse del que es distinto o el que por alguna circunstancia nos cuesta
tratar, puede traer consigo la aparente ventaja de haber “aprobado” o alcanzado
cierto objetivo de bienestar personal pero en realidad no hacemos esto pensando
en la otra persona sino en nosotros mismos. Bien dice la Biblia que “El hierro se afila con hierro, y el
hombre en el trato con el hombre”. (Proverbios 17:17) ¿Qué sentido tendría todo
en la vida si sólo se viven aspectos que nos pueden resultar favorables? O ¿Qué
sentido tiene la convivencia si uno no es tolerante con el otro? ¿De qué manera
podemos aprender sino de lo diferente y lo diverso? Aprender tiene un costo, y
de eso no hay duda, pero mayor resulta el costo de no aprender.
Muchas veces nuestro amor
falla, es finito, imperfecto pero cuando nuestro amor para dar a otro se agota,
es ahí cuando por amor a Dios y a lo que Él hizo por nosotros, extendemos esa
misma gracia hacia otros, ese favor inmerecido por el cual Dios dio todo por
nosotros. El amor de Dios no falla, y podemos ponerlo en acción para tolerar al
otro, para amarlo más allá de nuestras fuerzas.
No debemos cansarnos de hacer
el bien. ¿Hacer el bien cansa? ¡Claro que sí! Pero todo lo podemos en Cristo
que nos fortalece.
Amar implica accionar e ir por
un camino que puede ser dificultoso al principio. Nadie dice que es sencillo
pero hacerlo nos llevará a un destino de gloria, ya que emprendiendo ese
“viaje” nos espera en la meta la recompensa de haber cumplido con lo que Dios
nos manda, la bendición de amar y ser amado por otros.
Que este sea el tiempo de perdonar
y ser perdonado, de eximir quizá de una
ofensa recibida, de alguna deuda u obligación pendiente, que sea el día de dar
una oportunidad al que nos falló y de extender el favor de Dios, de ponerse a
cuentas y restaurar lo que se había quebrado, de dar la oportunidad al otro de que
enmiende su error si es necesario o hacerlo nosotros si hemos fallado, de
permitir al otro que demuestre que hay voluntad de cambio, de basarse en las
coincidencias para buscar acuerdos y no en las anomalías. Es el amor el que
cubre multitud de faltas y sin el amor nada tiene sentido en la vida.
Al hacer esto, sin dudas, nos estaremos
librando de un gran peso, porque dar esta oportunidad al otro es también darse
una oportunidad a uno de crecer y avanzar, ya que detrás de la decisión de
perdonar se esconde un poder sin medida, después de todo, Dios es un Dios de
segundas oportunidades. El siempre nos dice: “Te doy una más”. Qué bendición
cuando ese mismo favor inmerecido, su gracia, es extendida a otras personas. A Dios
se le dibuja una sonrisa de amor cuando hacemos eso.
Pablo Esteban Couto
Julio de 2014
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