lunes, 14 de julio de 2014

Las Anomalías

Si existe algo noble para destacar de la vida, son ciertos factores que pueden resultar de influencia positiva en la interacción de las personas, estamos hablando de las “coincidencias”. Cuán  agradable es encontrar aspectos en los que uno puede coincidir con una persona, tener acuerdos, transitar un camino común e identificarse plenamente en áreas de distinta índole. Sin embargo, las coincidencias no lo son todo en la vida, ya que hay otros elementos que muchas veces descartamos por su connotación negativa, y éstos son las llamadas anomalías o discrepancias.

Una discrepancia es una controversia entre personas, es una cualidad o una situación que las distingue rotundamente. Muchas veces creemos que las diferencias entre las personas son motivo para alejarse mutuamente y tomar distancia pero quizá, y sólo digo quizá, éstas diferencias pueden ser un factor de unión y fortaleza en una relación, sea del tipo que sea, después de todo “un rompecabezas no se arma con piezas iguales” sino con piezas que tienen distintas cualidades.

Puede ocurrir que lo que para una de las partes es una virtud o fortaleza para la otra no lo es, sino más bien una debilidad y es ahí cuando entra en juego la acción de complementar. Un complemento es un aspecto que al añadirse a otro, se obtiene como resultado algo que es íntegro y tiende a la plenitud. Si pensamos en nuestro referente máximo Jesús, vemos como Él no se alejaba de las personas que por su condición eran diferentes. Ya desde el origen, todos tenemos en nuestro ADN el querer hacer lo malo, somos seres imperfectos y Jesús con su gracia, su favor inmerecido hacia nosotros, se acercó para darnos lo que no teníamos.

Hablar de la gracia y la complementariedad celestial me puede hacer caer en terrenos de lo obvio y evidenciar otros aspectos que ya son conocidos ampliamente. Como siempre digo, a veces el sentido común es el menos común de los sentidos, y es por ello que no siempre lo que es básico y de fundamento en nuestra vida es lo que recordamos en primer lugar, y hablo puntualmente de lo que Dios puso en cada uno de nosotros, esa cualidad única e irrepetible en este Universo.

Compararnos con otros nunca resulta positivo, si lo hacemos mirando “hacia arriba” veremos una persona que ha alcanzado objetivos que nosotros quizá no, y eso podría traer a nuestro corazón frustración o envidia. Por otro lado, si al compararnos miramos “hacia abajo”, el orgullo nos gana y comentemos el error de jactarnos de nuestros logros. En ninguna circunstancia salimos en victoria al compararnos, no tiene sentido. Cada uno de los seres humanos fue creado diferente y especial.

Pretender tomar distancia, alejarse del que es distinto o el que por alguna circunstancia nos cuesta tratar, puede traer consigo la aparente ventaja de haber “aprobado” o alcanzado cierto objetivo de bienestar personal pero en realidad no hacemos esto pensando en la otra persona sino en nosotros mismos. Bien dice la Biblia que “El hierro se afila con hierro, y el hombre en el trato con el hombre”. (Proverbios 17:17) ¿Qué sentido tendría todo en la vida si sólo se viven aspectos que nos pueden resultar favorables? O ¿Qué sentido tiene la convivencia si uno no es tolerante con el otro? ¿De qué manera podemos aprender sino de lo diferente y lo diverso? Aprender tiene un costo, y de eso no hay duda, pero mayor resulta el costo de no aprender.

Muchas veces nuestro amor falla, es finito, imperfecto pero cuando nuestro amor para dar a otro se agota, es ahí cuando por amor a Dios y a lo que Él hizo por nosotros, extendemos esa misma gracia hacia otros, ese favor inmerecido por el cual Dios dio todo por nosotros. El amor de Dios no falla, y podemos ponerlo en acción para tolerar al otro, para amarlo más allá de nuestras fuerzas.
No debemos cansarnos de hacer el bien. ¿Hacer el bien cansa? ¡Claro que sí! Pero todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.
Amar implica accionar e ir por un camino que puede ser dificultoso al principio. Nadie dice que es sencillo pero hacerlo nos llevará a un destino de gloria, ya que emprendiendo ese “viaje” nos espera en la meta la recompensa de haber cumplido con lo que Dios nos manda, la bendición de amar y ser amado por otros.

Que este sea el tiempo de perdonar y ser perdonado, de eximir quizá de  una ofensa recibida, de alguna deuda u obligación pendiente, que sea el día de dar una oportunidad al que nos falló y de extender el favor de Dios, de ponerse a cuentas y restaurar lo que se había quebrado, de dar la oportunidad al otro de que enmiende su error si es necesario o hacerlo nosotros si hemos fallado, de permitir al otro que demuestre que hay voluntad de cambio, de basarse en las coincidencias para buscar acuerdos y no en las anomalías. Es el amor el que cubre multitud de faltas y sin el amor nada tiene sentido en la vida.
Al hacer esto, sin dudas, nos estaremos librando de un gran peso, porque dar esta oportunidad al otro es también darse una oportunidad a uno de crecer y avanzar, ya que detrás de la decisión de perdonar se esconde un poder sin medida, después de todo, Dios es un Dios de segundas oportunidades. El siempre nos dice: “Te doy una más”. Qué bendición cuando ese mismo favor inmerecido, su gracia, es extendida a otras personas. A Dios se le dibuja una sonrisa de amor cuando hacemos eso.


Pablo Esteban Couto
Julio de 2014 

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